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El sueño

Javier Hidalgo




corría el año de nuestro señor de mil quinientos con cuatro años, mas o menos, que tampoco quiero afirmarlo rotundamente no vaya a ser que alguien con mejores seseras que yo para el recuerdo de las fechas venga a rectificar. Por tanto, menos aun voy a meterme en el cesto de afirmar el día , pero si me comprometo a declarar que estábamos a principio de la primavera, lo sé, porque las flores comenzaban a llenar los campos de color y perfume.

Recuerdo, que la vida transcurría con total normalidad, dentro de la normalidad que genera la anormalidad institucionalizada!! quiero decir que mientras los pobres morían en sus casas o en las calles, unos de hambre, otros de enfermedades generadas por la miseria inmisericorde, otros por que si, y otros porque no, la realidad es que si habías tenido la mala fortuna de nacer cuando no tenias que haber nacido ni donde tu madre te trajo al mundo, estabas perdido.

Paseaba yo por una de las calles principales de la ciudad, únicas calles empedradas, ya que, en dichas calles era donde vivían la alta nobleza, los ricos de siempre, los ricos venido a menos y los nuevos ricos, que aunque de modales bastos, eran bien recibidos no por sus insoportables modos y maneras, si no por su aportación económica a la iglesia y sociedades mas o menos caritativas.

Bueno, a lo que iba. La calle rebosaba alegría, con sus plazoletas enfuentadas, sus jardines centrales, sus flores de mil colores y perfumes. Sus caballeros engalanados de trajes blancos, grises y negros, encapotados los unos, encapotados los otros, tocadas las cabezas de los hombres con gorras y sombreros a la última moda de la época.

Las mujeres lucían trajes largos de primavera, trajes de una sola pieza, o trajes de falda y chaqueta. Peinados altos y algunos incluso tocados con flores de seda natural.

El tema de conversación en todos los corros que se formaban era el mismo; la terrible ola de muertes que se estaban produciendo en las afueras, en los barrios mas pobres. Se quejaban de que si eso continuaba así, pronto se colapsaría el hospital y los médicos a consecuencia de su dedicación en salvar vidas que estaban condenadas a morir no tendrían tiempo a asistirlos a ellos. Esto les causaba una gran contradicción, pues no entendían que la gente de la periferia estuviera acaparando lo que según ellos les pertenecía por una cuestión de clase social. No podía ser que un pobre pudiera estar por delante de la nobleza y de los que en realidad hacían que la ciudad progresara adecuadamente y dentro de lo que las buenas maneras exigían.

He de decir que yo era estudiante de medicina en aquella época y aunque estaba en el segundo año y mi conocimiento en el noble arte de la medicina distaba mucho de ser el mas adecuado, me entró la necesidad de ir a las afueras de la ciudad y comprobar por mis propios ojos lo que estaba ocurriendo. Probablemente, mi pensamiento iba mas encaminado en aprender algo, mas que en ayudar en algo, así que me dirigí apresuradamente y con paso largo hacia el lugar donde se estaban produciendo las muertes por esa extraña enfermedad.

He de reconocer que lo que vi al llegar me dejó sin aliento, con una sensación de asfixia que me impedía respirar con normalidad.

Hombres, mujeres, niños y ancianos llenaban las maltrechas calles, unos agonizando y gritando de dolor, otros ya cadáveres. El hedor a dolor y sufrimiento era insoportable.

Me apoyé en una pared pues mis piernas no se tenían en píe, temblaban como temblaba todo mi cuerpo. De pronto una voz me sacó de mi éxtasis paralizante, una voz que reconocí no sin esfuerzo, pues mi cabeza no daba para mucho mas que para intentar comprender que estaba pasando.

Samuel!! gritó la voz.

Dirigí mi mirada hacia donde provenía la voz y pude ver como en tinieblas al doctor Martínez, mi profesor en la universidad. Se acercó a mi con cara descompuesta, crispada,cansada. << ¿ Que haces aquí muchacho ? >> Me espetó entre asombrado y complaciente, con tono duro pero cariñoso. Me puso en la mano un fular de tela gruesa y me conminó a ponérmelo tapándome la boca. << ponte esto en la boca y la nariz, te puede librar de morir y de que tu mates a otras personas, esta maldición nos alcanza a todos >>. Lo miré como quien mira y no ve nada, no ve a nadie, y tuvo que ser una sonora bofetada en mi cara la que me hiciera reaccionar.

Estuvimos todo el día y toda la noche intentando refrescar los cuerpos de los infectados a base de agua fresca para intentar que la fiebre bajara, pero cada vez moría mas gente, era una misión imposible, dolorosa.

El doctor Martínez sajaba las ampollas que cubría buena parte del pecho de los enfermos creyendo que así sacaríamos el mal que estaba matando a tanta gente. Todo esfuerzo fue inútil, la gente moría sin poder hacer nada, unos por la fiebre, otros por no aguantar el dolor, estos últimos utilizaban sus ultimas fuerzas para golpearse la cabeza contra las paredes, tal era la desesperación de los enfermos.

El día y la noche fueron agotadores. Volví a casa realmente cansado, asustado, rendido, vencido, impotente. Me acosté sin quitarme ni tan siquiera la ropa, intenté dormir, pero el cansancio y las imágenes retenidas en mi mente hicieron casi imposible conciliar el sueño.

Mi cuerpo empezó a temblar, a sentir frio, noté que la piel se me tersaba y comenzó a salir ampollas llenas pus y sangre, el dolor era insoportable, estaba claro que había contraído la enfermedad. Intenté levantarme y pedir ayuda pero mis piernas no obedecían, mi cuerpo carecía de toda voluntad y me dejé al abandono convencido de que el descanso sería la mejor medicina, cerré los ojos y esperé, esperé...

Al final y no sin dar mil vueltas sobre la cama, me quedé dormido.

No recuerdo cuanto tiempo tardé en despertar.

Cuando desperté corría el mes de mayo del año 2020.

Al abrir los ojos no reconocí donde me encontraba, todo era extraño. Poco a poco me di cuenta donde me encontraba realmente. ¡ En el infierno !

La enfermedad, había acabado con mi vida.

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